¿Qué es el duelo?

¿Qué es el duelo?

El duelo es el proceso de adaptación activo y natural que permite reorganizar el equilibrio personal y familiar roto a raíz de la pérdida de un ser querido.

Se trata de una respuesta emocional, de comportamiento y de pensamiento que desestabiliza y desorganiza temporalmente a la persona que se encuentra en situación de pérdida. Es un proceso activo de transformación que implica un desafío, el desafío de encontrar nuevos caminos para poder ajustarse a un mundo que ha cambiado para siempre.

Aunque la pérdida de un ser querido es un acontecimiento que no puede escogerse, la elaboración del duelo es un proceso de afrontamiento lleno de posibilidades. Para hablar del duelo se usan dos verbos: estar y hacer. Estar en duelo, hacer el duelo. Hacer el duelo implica que la persona se comprometa activamente en un trabajo personal.

No todos los duelos se viven del mismo modo, y cada persona lo hace a su manera. Esto depende de la forma en que el individuo se ha construido, de las dificultades que ha tenido para vivir los primeros duelos de su existencia y del vínculo que mantenía con la persona fallecida.

Etapas del duelo

Etapas del duelo

Luego de una pérdida significativa, la persona pasa por diferentes estadios o etapas. Es importante remarcar que las etapas del duelo no necesariamente se suceden en orden; alguna puede saltearse y pueden solaparse; ya que es frecuente que se produzcan idas y vueltas entre los diferentes estadios:

Shock y Parálisis: La pérdida súbita, brutal e inesperada y sin preparación que se da como consecuencia de algunas enfermedades o de accidentes, provoca una especie de parálisis (no es posible moverse ni hablar). La persona queda como inmovilizada, anestesiada, con los músculos contraídos, clavado en el lugar. "Los brazos se me caen" o "mis piernas flaquean" son el tipo de expresiones que se usan en estas circunstancias.

Negación y rechazo: Aquí no se puede creer lo que ha ocurrido. La persona busca maneras de negar o rechazar la realidad para poder seguir adelante. "No es posible, no yo, no ahora, no esto" "No él, no ella” “No tan joven" "No puede estar muerto, no es verdad" "No, no los médicos se equivocan, yo no estoy enfermo".

Enojo: Luego, viene el enojo. En general, la persona busca alguien o algo a quien culpar y con quien enojarse. "No es justo, es inaceptable", "Si pudiera vérmelas con ese incompetente, irresponsable" (el otro, el médico, el jefe de servicio, el ejecutante, Dios, la Justicia, la Vida).

Miedo: Frente a la muerte de alguien querido, el mundo cambia, se transforma y se percibe peligroso. Hacer el duelo tiene implícito sentir miedos y mucha incertidumbre, también puede aparecer sensación de incapacidad para enfrentar el hecho. Algunos pensamientos suelen ser: ¿Qué va a ser de mí?” “Nunca voy a lograr arreglármelas solo/a, sin él/ella”.

Tristeza: La etapa de la tristeza es decisiva, aunque difícil de vivir. Además, son pocas las personas del entorno que suelen aceptar al que está triste. La tristeza es molesta, incómoda, es cansadora para los demás. Muchos se sienten incómodos frente al dolor y al duelo, frente al sufrimiento de los demás, frente a la enfermedad grave y la muerte. Porque no nos queda tiempo para nada: ni para vivir, ni para comer, ni para respirar; no le damos “tiempo al tiempo”, es decir, no nos damos la oportunidad de hacer un duelo y cicatrizar. En efecto, hay que vivir el dolor hasta el final porque sólo más tarde, cuando la pérdida se percibe realmente, la ausencia se acepta; entonces el trabajo de duelo puede hacerse y así iniciarse el nuevo camino hacia la vida. En esta etapa, la persona toma plena conciencia de que los hechos son definitivos y que no se pueden cambiar las cosas que ocurrieron. La tristeza puede venir de la mano de la angustia y quedarse durante un largo tiempo.

Aceptación: Algunas frases que reflejan esta etapa pueden ser: “Es duro, pero es así”, “Voy a seguir viviendo lo mejor posible”.”. La aceptación no es resignación sino progresión, es atravesar un umbral nuevo y totalmente desconocido. Podría pensarse que la salida del duelo se vislumbra a través de la verdadera aceptación de la situación. Así ocurre cuando la persona puede decir: “Estoy triste. Lo que me falta me falta, pero puedo vivir y hablar de eso, y aceptar vivir de una manera diferente”.

Perdón: Esta etapa puede darse como no (al igual que las anteriores), pero cuando existe la necesidad de perdonar a alguien o algo, se vuelve clave atravesar por esta etapa y trascenderla. Si hay rencor o resentimiento es imposible elaborar un duelo y lograr paz. Perdonar es detener el sufrimiento ocasionado por rencor, deponer esa energía negativa implicada en el deseo de revancha, la animosidad, el resentimiento o el odio. Es fundamental este concepto en el trabajo de duelo, donde muchas veces se señalan culpables (uno mismo, el médico, Dios, la persona fallecida por no cuidarse, etc.) y queda enquistado el dolor mezclado con el rencor.

Búsqueda de sentido y paz: En esta etapa se trata de reconocer que el duelo o la pérdida permitieron hacer lo que antes era inconcebible: desarrollar un talento oculto, asumir responsabilidades, aprender cosas nuevas. Una experiencia dolorosa puede ser la oportunidad para la maduración afectiva y para el desarrollo personal. Después de un tiempo de lucha, de tristeza, de pena, finalmente uno logra sentirse sereno, en paz con el hecho doloroso que nos ha tocado enfrentar. Entonces podemos evocarlo sin un exceso de emoción. De a poco empezamos a vivir (revivir) en el aquí y ahora: el presente se vuelve más importante y tiene más resonancia que el pasado. La esperanza renace. Si aparece un plan nuevo, el individuo es capaz de percibirlo, de realizarlo e incluso hacerlo de tal manera que resulte útil para los demás. Es en este momento que la paz comienza a asomarse.

Duración

Duración

El duelo implica un periodo de tiempo variable. No se puede decir que tenga una duración determinada porque depende mucho de varios factores, entre ellos uno importante es la relación que unía a la persona con el ser querido fallecido. Generalmente el primer año es el más duro, entre otras cosas porque se atraviesan diversas fechas conmemorativas (cumpleaños, día de la madre/ padre/ niño, fiestas, aniversario de la muerte, etc.) y en cada uno de estos días la ausencia se hace muy presente. De todas formas, cada uno vive la pérdida de un ser querido de una forma diferente, cada uno lo superará en un tiempo distinto.

A medida que vaya pasando el tiempo habrá una disminución progresiva de la tristeza para dar paso a recuerdos menos dolorosos. El proceso de duelo lleva a la serenidad y al sosiego. Llegará un momento en que se logrará establecer un equilibrio entre el ayer que se recuerda y el mañana que se construye.

Sensaciones y sentimientos frente a la pérdida

Sensaciones y sentimientos frente a la pérdida

Luego de la muerte de un ser querido, las personas comienzan a presentar sentimientos, sensaciones físicas y conductas que son normales después de una pérdida. Compartimos a continuación algunas de ellas para que el lector pueda reconocerse y saber que está transitando por caminos normales en su proceso de duelo.

Sentimientos

  • Tristeza
  • Enojo
  • Culpa y auto-reproche
  • Ansiedad
  • Soledad
  • Cambios en el humor
  • Angustia
  • Apatía o indiferencia
  • Alucinaciones
  • Impotencia
  • Shock
  • Anhelo
  • Alivio
  • Insensibilidad
  • Confusión
  • Incredulidad

Sensaciones físicas

  • Vacío en el estómago.
  • Opresión en el pecho.
  • Opresión en la garganta.
  • Hipersensibilidad al ruido.
  • Sensación de despersonalización: “camino calle abajo y nada parece real, ni siquiera yo”.
  • Falta de aire y palpitaciones.
  • Debilidad muscular y temblores.
  • Falta de energía.
  • Sequedad de boca.

Conductas

  • Trastornos del sueño.
  • Trastornos alimentarios.
  • Conducta distraída, olvidos o falta de concentración.
  • Aislamiento social.
  • Soñar con el fallecido.
  • Evitar recordatorios del fallecido.
  • Buscar y llamar en voz alta.
  • Suspirar.
  • Llorar.
  • Visitar lugares o llevar consigo objetos que recuerdan al fallecido.
  • Atesorar objetos que pertenecían al fallecido.

Duelo según el vínculo

Duelo según el vínculo

  • Pérdida de un hermano/amigo:

    La pérdida de hermanos o amigos -con lo cual la identificación está a un nivel de igualdad-, puede hacer tambalear la estabilidad en un momento cambiante y enfrentar, de una forma más directa y personal, la realidad de la muerte.

    La vivencia ante la pérdida de un hermano depende de la edad y del momento de desarrollo de los hermanos que sobreviven a éste.

    En muchos casos, los adultos en duelo por la muerte de un hijo suelen encontrarse en situaciones muy difíciles como para poder ayudar a los otros hijos vivos al estar muy inmersos en su propio duelo, y sus hijos pequeños o jóvenes podrán verlos muy conmocionados por tal situación.

    Los niños pasan momentos difíciles intentando aclarar qué deben decir a los amigos y cómo afrontar el malestar de otra gente respecto a la muerte. Como resultado de este malestar, tienen miedo de jugar o de estar contentos porque no quieren que los demás piensen que no les importaba su hermano. Sin una comunicación abierta y honesta, los niños buscan sus propias respuestas a preguntas que están por encima de su capacidad de comprender. Es particularmente importante que los padres puedan establecer un vínculo emocional entre ellos y los hijos que quedan.

  • La pérdida de un hijo:

    La muerte de un niño suele ser especialmente dolorosa. Es una pérdida muy difícil que afecta al equilibrio familiar y suele ser la más complicada de elaborar. Tras la muerte de un hijo, la relación conyugal se torna particularmente vulnerable. El que el fallecido sea un niño dificulta la aceptación. Para los padres supone un vacío y la privación de los sueños y expectativas sobre el niño, los sueños proyectados se cortan, muere parte de nosotros. Suele ser diferente la elaboración del duelo para padres que han podido acompañar al niño que para padres que no han podido o no han sabido acompañarlo. En estos últimos son muy frecuentes intensos sentimientos de culpa e impotencia por no haber atendido suficientemente. Atender al niño en tiempo y calidad durante el espacio de enfermedad (si es que la hubo) ayuda a una elaboración posterior más sana.

    Ambos padres han sufrido una pérdida, pero la experiencia de duelo puede ser diferente para cada uno debido a que tenían una relación distinta con su hijo y a sus diferentes estilos de afrontamiento. Estas diferencias pueden producir tirantez en la relación marital y esto a su vez puede producir tensiones y alianzas entre los miembros de la familia. La gravedad de la pérdida hace que se inicie una búsqueda de cercanía e intimidad, pero a algunos padres les sorprende sentir culpa cuando se descubren a sí mismos intentando cubrir esas necesidades sexualmente. Es importante que reconozcan y entiendan estas necesidades y sentimientos como parte del proceso vital normal. Las mismas ambivalencias y representaciones múltiples que formaban parte de las relaciones que tenían en vida con el hijo forman parte de la búsqueda de equilibrio cuando el hijo muere.

    Una de las posiciones más difíciles en que los padres ponen a los hijos supervivientes en la de sustitutos del hijo perdido. En algunos casos puede dar lugar incluso a que el próximo hijo tenga el mismo nombre o parecido al del hijo muerto. La capacidad de los padres para ayudar a los hermanos a comunicarse en la unidad familiar y darles la oportunidad de expresar directamente los sentimientos lleva a la negociación sana de las tareas del duelo. No es extraño que, después de la pérdida, haya un tiempo en que se pase un poco por alto a los otros hijos.

    Los hermanos también sufren una pena prolongada que se agudiza en los aniversarios. Además, la rivalidad normal entre hermanos puede contribuir a generar intensos sentimientos de culpa por haber sobrevivido. En aquellos casos en los cuales los padres están entregados a su propia pena, los hijos experimentan una doble pérdida. En muchas ocasiones, los padres sobreprotegen a los hijos que les quedan y después tienen dificultades con las transiciones normativas de la adolescencia y emancipación. Es frecuente que la pareja conciba otro hijo para reemplazar al fallecido, este reemplazo puede ser funcional para los padres, pero disfuncional para el hijo si lo tratan como un sustituto.

  • Pérdida de hijo adolescente:

    Cuando la muerte es de un joven, la familia se sume en una pena persistente y perturbadora. Una sensación de cruel injusticia puede hacer que los padres y hermanos, invadidos por sentimientos de pérdida y dolor, dejen de luchar por alcanzar sus propias metas, observándose con frecuencia síntomas depresivos en uno o más miembros de la familia. En caso de que el joven fallecido hubiera dejado el hogar a causa de relaciones familiares conflictivas, el duelo se complica con lo irresuelto del vínculo.

  • Pérdida gestacional y perinatal: (muerte por aborto natural o muerte perinatal)

    Cuando una pareja desea concretar sus deseos de tener un hijo, ambos se imaginan cómo será el bebé, dónde dormirá y hasta cómo se llamará. Empiezan a gestar a nivel mental y emocional a su futuro hijo implicando expectativas, ilusiones y proyectos de futuro. Sin embargo, estos sueños pueden derrumbarse tan sólo en unos segundos cuando se pierde este embarazo.

    El duelo gestacional y perinatal se refiere a la pérdida de un bebé durante el período de gestación o bien durante el parto. Este tipo de duelo suele no ser reconocido socialmente y es usual escuchar palabras como “ya tendrás otro” o “aún eres joven” por lo que, en muchas ocasiones, los duelos gestacionales y perinatales no son públicamente reconocidos ni socialmente expresados.

    Aborto natural: Diferencias entre hombres y mujeres.

    El duelo por la pérdida de un ser querido es profundamente personal y en él influirán factores sociales, psicológicos, personales, etc. En el caso del duelo por aborto espontáneo o natural esto también será así. Cada miembro de la pareja atravesará este duelo de manera distinta y demostrará sus sentimientos y emociones de formas diversas.

    Esto puede traer aparejado conflictos en la pareja ya que, por ejemplo, la mujer puede pensar que su marido no sufre esta muerte porque no llora o no demuestra su tristeza de la misma manera en que lo hace ella. También el hombre puede sentir que la mujer es demasiado “trágica” o “emocional” porque sólo piensa en esta pérdida dejando de lado todo el apoyo que recibe de su pareja. Como cada duelo es personal y singular, los hombres y las mujeres suelen expresar de manera distinta las emociones involucradas en el duelo. A continuación te contaremos cómo demuestran sus sentimientos cada uno de los miembros de la pareja.

    El duelo por aborto natural en las mujeres

    Las mujeres no sólo suelen mostrar sus sentimientos frente a los demás sino que también quieren hablar de la muerte del bebé con mayor frecuencia. Es usual que hablen de lo sucedido con gente que no integre el círculo familiar y de amigos y que muestren su dolor y tristeza con llantos, ira y enojos. En este sentido, las mujeres son más propensas a pedir ayuda a su pareja, familiares o amigos, inclusive los grupos de ayuda o la asistencia psicológica y/o religiosa suelen ser sumamente importantes para ellas.

    El duelo por aborto natural en los hombres

    Los hombres no expresan su dolor frente a otras personas sino que suelen pasar solos por el duelo. A diferencia de las mujeres, no desean hablar sobre esta muerte sino que buscan elementos de distracción como más horas en el trabajo o actividades que lo lleven a estar fuera de la casa. Los hombres no suelen mostrar sus sentimientos debido muchas veces a su mandato social de ser fuertes para proteger a su familia. Hablar sobre su dolor puede mostrarlos débiles o bien no saben cómo expresar lo que les sucede. Por otro lado, suele ocurrir con frecuencia que el hombre manifieste su duelo más tarde que la mujer ya que lo hará cuando su pareja se encuentra mejor, tanto física como anímicamente.

  • Pérdida del cónyuge:

    La muerte del cónyuge interrumpe un proyecto de vida en común y modifica, necesariamente, de modo mucho más marcado que en otras pérdidas, la continuidad del curso biográfico. La muerte de uno de los cónyuges en la pareja joven suele ser muy traumática.

    El tener que enfrentar un accidente y la muerte repentina del cónyuge desafía las creencias que el deudo tenía sobre la vida y la muerte, así como las ilusiones, expectativas y los proyectos en relación al vínculo matrimonial y al deseo de pasar la vejez junto al ser querido, sin haber tenido en cuenta el límite del tiempo impuesto por la muerte abrupta.

    Durante un período largo, los/as viudos/as suelen presentar dificultades para descubrir qué cambios son necesarios en su vida y cuál es su punto de vista sobre sí mismas; pero, a medida que se van moviendo en la nueva realidad, es común plantearse si el modo de resolver los problemas es igual al que usaban sus parejas; y hablar refiriéndose a un “nosotros”. A medida que el tiempo pasa, los/as viudos/as buscan nuevos modos de resolver los problemas, pasando de una “vieja identidad” basada en la identificación con su pareja, al reemplazo por una nueva identidad basada en el “yo”. La sexualidad y las necesidades afectivas del viudo o la viuda son temas que suelen dejarse de lado, algunos pueden sentir sus necesidades sexuales en forma muy intensa al comienzo del duelo, mientras que otros reprimen sus deseos sexuales por lealtad hacia la persona fallecida, y algunos pueden renunciar en forma permanente, decretando su muerte sexual a partir de la pérdida del compañero o la compañera. Puede ser que con el paso del tiempo surjan nuevamente necesidades sexuales, deseos de intimidad y de contacto, necesidad de abrazos y caricias que haga que los deudos salgan a buscar una nueva relación de pareja. Esto varía según la personalidad y la recuperación en el proceso de duelo.

  • Perdida de los progenitores:

    La pérdida de un padre es un acontecimiento que sigue los lineamientos del ciclo vital. Sin embargo, es uno de los momentos más tristes de nuestra vida.

    Cuando un padre muere, luchamos por seguir adelante. Nos vemos inundados de sentimientos muy intensos: enojo, tristeza, soledad. Podemos sentirnos confundidos, aturdidos, e incluso tal vez llegar a creer que la pérdida no nos ha afectado. El dolor es muy grande y nos defendemos como podemos.

    Está muy relacionado con sentimientos de dependencia, ambivalencia, por la existencia o no de una etapa de cuidados de los padres; por las modificaciones posteriores de la relación con los hermanos o familiares y el reparto de la herencia.

    Este duelo es el más decisivo en cuanto al lugar de las generaciones y al propio papel en la evolución de la vida. Puede estar adelantado, a veces, por la conciencia previa del declinar o la enfermedad prolongada. A veces coincide con la independencia de los hijos y puede suponer una acentuación de la soledad o un punto de inflexión en la conciencia de una nueva etapa.

    En algunos duelos puede haber situaciones conflictivas preexistentes y/o conflictos de difícil resolución frente a temas de herencias, mudanzas, arreglos domésticos en el hogar familiar, sobre qué hacer con la ropa y las pertenencias del progenitor fallecido y con los objetos de quien aún está vivo, o bien, con las pertenencias de ambos. Los factores antedichos podrán facilitar o dificultar la relación entre los hermanos y/o con el progenitor vivo. En ocasiones, el tener que resolver factores prácticos podrá servir como motivo para disputas mayores; en cambio para otros, el tener que resolver factores prácticos y materiales podrá servir de nexo para unir más a los hermanos en la nueva tarea de reorganización familiar. Cuando las familias presentan disfunciones y fracturas previas a la pérdida del ser querido, a posteriori de la muerte de éste podrán romperse los lazos, ya que las situaciones críticas suelen hacer aflorar diversidad de emociones negativas intensas.

  • Perdidas en la tercera edad:

    Esta es una etapa caracterizada por la acumulación de pérdidas tanto internas como externas. Los mecanismos adaptativos ante la multiplicidad de las pérdidas, favorecen, con alguna frecuencia, cierta acomodación natural, tras un período de impacto inicial. Una conciencia madura o resignada de la inevitable condición de la vida es un factor positivo para la estabilidad psíquica en esta etapa.

    El duelo por viudez, añade ahora características especiales, puede aumentar la soledad, al mismo tiempo que la necesidad de figuras de apoyo o la dependencia de éstas y la sensación de desamparo. Es posible reiniciar una nueva etapa aunque ello está muy condicionado por las circunstancias externas y el estado de salud.

    El duelo en la pareja tras múltiples años de convivencia, y en edad avanzada, puede presentar características propias. Ello puede deberse a que esa pareja muy probablemente presentará una mayor dependencia marital, unos roles más rígidos, y experiencias de múltiples pérdidas cercanas. Todos esos factores predisponen, a que el/la sobreviviente experimente una profunda sensación de soledad, y la conciencia súbita de la propia finitud. Además, en los ancianos la última etapa de duelo puede prolongarse de forma desproporcionada, con una angustiosa sensación de tristeza sin fin. En la mayor parte de las ocasiones el duelo se sigue de otra experiencia, la soledad. Ancianidad, soledad, enfermedad y muerte son conceptos que muchas veces se solapan y concatenan temporal y causalmente.

¿Varia mi duelo según como haya sido la muerte?

¿Varia mi duelo según como haya sido la muerte?

Hay ciertas maneras de morir y ciertas circunstancias que requieren una comprensión adicional.

Muerte por suicidio

De todos los sentimientos específicos que experimentan los que están en duelo de un suicidio, la vergüenza puede ser la que más aparece; la cual puede estar influenciada por las reacciones de los otros. Esta presión emocional no solo afecta las interacciones, del que está en duelo, con la sociedad sino que puede, además, alterar las relaciones en la unidad familiar.

Otro sentimiento normal en los que están en duelo es la culpa. Esto se debe a que asumen la responsabilidad de la acción del fallecido y tienen el sentimiento de que había algo que ellos debían o podían haber hecho para evitar la muerte. Los sentimientos de culpa son normales después de cualquier tipo de muerte, pero en este caso puede verse exacerbado. Encontrar a alguien a quien echarle la culpa puede ser un intento de afirmar el control y de encontrar significado a una situación difícil de entender.

También, estos sobrevivientes experimentan sentimientos intensos de enojo. Puede ser con el fallecido (ya que piensan que no pensó lo suficiente en ellos sino no habría cometido un suicidio) o con ellos mismos (por no haberse dado cuenta que la persona estaba mal, que necesitaba ayuda o que estaba por cometer ese acto). También puede haber enojo con algún familiar, con el destino, con Dios, etc. pero lo más recurrente son las dos primeras opciones que detallamos.

Muerte repentina (muerte súbita o por accidente)

La muerte súbita es aquella que se da sin previo aviso y requiere una comprensión especial. Este tipo de muerte deja al que está en duelo con la sensación de que la pérdida no es real. Cuando se entera de la muerte de un ser querido de forma inesperada, se crea una sensación de irrealidad que puede durar mucho tiempo. El que está en duelo se siente insensible y aturdido. Puede tener pesadillas e imágenes intrusivas a pesar de no haber estado presente en el momento de la muerte. También, estos sobrevivientes experimentan sentimientos exacerbados de culpa. Se puede observar esto en afirmaciones como por ejemplo: "si no lo hubiese dejado ir a ese viaje", " si le hubiese explicado mejor los peligros", " si lo hubiese acompañado, quizás hubiese podido llevarlo más rápido al médico", etc.

Muerte por enfermedad prolongada

Cuando nos encontramos frente a una enfermedad prolongada, que va en decaimiento del estado de salud y llega a su momento de terminalidad, suele comenzar el temor a lo desconocido, el miedo al dolor que va a experimentar tras la pérdida y los cambios en su estructura, funcionamiento y sistema de vida. Si bien hay conciencia de una muerte inevitable, se alterna con experiencias de negación de que el acontecimiento vaya a ocurrir realmente. A medida que se contempla la decadencia de la persona, se acepta la realidad y la muerte aparece cercana e inevitable.

En este proceso la familia se va preparando para la realidad de la muerte que se avecina y para el proceso de duelo que van a afrontar. Se toma conciencia que su ser querido va a morir, y puede haber tiempo para adaptarse a todas las emociones e imaginarse su vida sin él.

Anticipar la muerte es una parte importante de la experiencia de esa pérdida. La anticipación puede ayudar a los dolientes a prepararse para lo que les espera. Es normal que los que están en duelo hagan “ensayos de roles” en sus mentes. Muchos pueden ver esto como una conducta social inaceptable ya que la persona que habla de lo que hará luego de la muerte de su ser querido puede parecer insensible para el afuera.

Este tipo de muerte aumenta la intensidad del vínculo con la persona que está próximo a morir y puede provocar una fuerte tendencia permanecer cerca de ella. La familia sabe que va a perder a un ser querido, también es consciente de que los momentos finales son la última oportunidad de compartir su cariño, afecto o conversar sobre asuntos pendientes. Contrariamente a esto, cuando son demasiado largas las enfermedades, los que están en duelo pueden alejarse emocionalmente demasiado pronto, mucho antes de que muera el familiar, lo cual puede conducir a una relación difícil. También en este tipo de enfermedades muy largas, una vez que la persona muere, puede aparecer una sensación de alivio, que es totalmente normal luego de los intensos cuidados hacia el enfermo, horas sin dormir y el ver el sufrimiento de la persona querida. Esa sensación de alivio a veces es comprendida por el entorno y otras veces no tanto; pero es importante saber que es totalmente normal, que es una sensación más, importante de permitirse y transitar.

Muerte por homicidio

Cuando la muerte de un ser querido ocurre en circuns­tancias traumáticas, el duelo presenta una notoria ten­dencia a complicarse porque los dolientes deben enfrentar, al mismo tiempo, el estrés postraumático.

Cuando la muerte ocurre de manera súbita, y especialmente si ha sido una muerte violenta, por homicidio, el duelo puede complicarse debido a que:

  • El mundo que creíamos relativamente seguro, se estremece y se vuelve amenazante.
  • Se trata de una muerte absurda, que no puede comprenderse ni absorberse y que tampoco permite ha­cer un “cierre” (despedirse, decirse adiós, poner punto final a la relación).
  • Los síntomas agudos del duelo y el choque emo­cional y físico persisten por más tiempo.
  • El doliente reconstruye, una y otra vez, los eventos y el escenario en que sucedieron, buscando entender esa muerte. El doliente sobredimensiona los eventos de la rela­ción inmediatamente anteriores a la muerte. Dichos eventos -una discusión o pelea, el estar lejos de la persona, una amenaza que se ignoró o una queja física que se des­oyó- se salen de proporciones y generan culpas y auto- reproches.
  • Las reacciones emocionales suelen ser más inten­sas: son mayores la rabia, la culpa, la ambivalencia, la desorganización, la confusión, el desamparo y la vulne­rabilidad. Todo esto unido a una gran necesidad de en­contrarle un significado a la muerte, un porqué.
  • Aparece el estrés postraumático, que se manifiesta a través de la intrusión repetitiva de imágenes y recuer­dos trágicos y del incremento de algunas respuestas fi­siológicas, de hiperactividad o parálisis.
  • Cuando no es posible ver el cadáver o los restos el riesgo de complicaciones es mayor, lo mismo que guan­do las diligencias legales absorben una buena parte del tiempo que deberían ocupar las respuestas iniciales duelo.

El homicidio viola todos los principios fundamenta­les que nos han enseñado desde pequeños: el respeto a la vida, la no agresión, el maravilloso poder del diálogo como instrumento de conciliación que remplaza a la vio­lencia.

La impotencia, la desorganización y el desampa­ro se apoderan de los dolientes de muertes violentas, junto con una creciente necesidad de vengar a su ser querido, para así al menos honrar su memoria. La sensa­ción de que el mundo, antes confiable y seguro, es ahora peligroso, genera en las víctimas terror y la angustia de estar también en peligro. Dadas las características de la muerte violenta, uno podría afirmar casi sin temor a equivocarse, que toda familia que sufre el homicidio de uno de sus miembros debe recibir ayuda, apoyo y orientación emocional con el fin de evitar patologías y complicaciones ulteriores y prevenir que se establezca un nuevo eslabón que, dadas las circunstancias, entre a fortalecer aún más el círculo vicioso violencia-venganza-violencia.

Desafíos y tareas del duelo

Desafíos y tareas del duelo

El ser humano tiene tendencia a establecer fuertes lazos emocionales con otras personas.

La teoría del apego sirve para entender las fuertes reacciones emocionales que se producen cuando ciertos lazos se ven amenazados o se rompen. Estos apegos provienen de la necesidad que tenemos de protección y seguridad, las cuales se desarrollan a edad temprana y tienden a perdurar a lo largo de gran parte del ciclo vital.

Partiendo de la concepción del duelo como un proceso activo, podríamos pensar que hay una serie de «tareas» que los individuos deben realizar para asimilar y superar sus pérdidas. Aquí las hemos reformulado y desarrollado como un conjunto de «desafíos» que la persona debe afrontar, haciéndolo de maneras diferentes en función de los recursos de los que dispone y de la naturaleza de la pérdida que ha sufrido. Es importante recordar que estas «tareas» no se realizan siguiendo ningún orden predeterminado y que no es necesario «darles fin» de manera definitiva.

El duelo es un proceso complejo que afecta profundamente el bienestar, la salud y la vida del deudo en los niveles físico, psicológico y social. Modifica su identidad, su visión de sí mismo, del mundo, de sus relaciones, personales, sociales y laborales.

Pensamos en tareas porque dan a la persona en duelo la sensación de hacer algo de forma activa, otorgándole sentimiento de fuerza y esperanza.

Estas tareas / desafíos son:

  • Aceptar la realidad de la pérdida.
  • Experimentar el dolor, trabajar las emociones.
  • Adaptarse al entorno sin el ser querido: (adaptación externa, interna y espiritual)
  • Recolocar emocionalmente y recordar al ser querido.
1- Aceptar la realidad de la pérdida:

Lo opuesto es la negación de la pérdida, que se manifiesta de diferentes formas:

  • Bloqueo: anhelar que la persona fallecida vuelva, se tiende a negar la permanencia de la pérdida.
  • Negar el significado de la pérdida: la pérdida se ve menos significativa ("la verdad es que no teníamos buena relación")
  • Ausencia de objetos de la persona fallecida: (donar toda la ropa del fallecido inmediatamente) Estas son algunos ejemplos donde las personas en duelo tratan de protegerse de la realidad.
2- Trabajar las emociones y el dolor de la pérdida: (sentimientos de tristeza, angustia, ira, culpa, soledad, etc.)

El dolor que se siente en este momento no es solamente emocional sino que también se siente a nivel corporal. Es sumamente importante reconocer y trabajar este dolor ya que, de lo contrario, se manifestará por medio de síntomas o conductas disfuncionales.

Es necesario elaborar el dolor emocional para realizar el trabajo del duelo, ya que suprimirlo o evitarlo, puede prolongar el curso del duelo. Es importante tener en cuenta que no todas las personas en duelo experimentan el dolor con la misma intensidad ni de la misma manera.

Negación de la tarea 2: implica esconder, negar y evitar los sentimientos y pensamientos dolorosos. Algunas de las formas más comunes de negar los sentimientos son:

  • Idealizar: solo recordar cosas agradables del fallecido.
  • Evitación: evitar cualquier cosa que lo recuerde.
  • Cura geográfica: muchas personas suelen realizar un viaje para poder encontrar en la distancia un alivio a sus emociones.
  • Utilización de drogas y alcohol.
  • Es muy importante poder trabajar este dolor en el momento de la pérdida para que la persona en duelo no arrastre el dolor a lo largo de su vida ya que, trabajarlo posteriormente, podría ser mucho más complejo: (Ejemplo: transcurrido el tiempo de la pérdida, la persona en duelo podría tener un sistema social con menor apoyo).
3- Adaptarse a un medio en el que el ser querido está ausente:

Esta tarea implica poder adaptarse en 3 áreas:

  • Adaptaciones externas: dar cuenta de cómo influye la muerte/pérdida en los actos cotidianos de las personas. Esta adaptación significa cosas diferentes para personas diferentes, dependiendo de cómo era la relación con el fallecido y qué roles desempeñaba cada uno en dicha relación. El que está en duelo no es consciente de todos los roles que desempeñaba el fallecido hasta algún tiempo antes de la pérdida. Muchos de los que están en duelo se resisten a desarrollar nuevas tareas o roles que antes llevaban a cabo su pareja (ej. viuda/viudo).
  • Adaptaciones internas: dar cuenta de cómo influye la muerte/pérdida en la imagen que tiene la persona sobre sí misma. La muerte de un ser querido confronta al que está en duelo con cuestionamientos que suponen adaptarse a su propio sentido de sí mismo: no solo es verse como viudos/as. También implica poder adaptarse en cómo influye la muerte en la definición de su propia persona, en su amor propio y en la sensación de eficacia.
  • Adaptaciones espirituales: dar cuenta de cómo influye la muerte/pérdida en las creencias, valores y supuestos sobre el mundo que rodea a la persona. La pérdida por una muerte puede suponer cuestionamientos a los valores fundamentales de la vida de cada uno (creencias religiosas, filosóficas, familiares, de educación, etc.). En el proceso de duelo hay un sentimiento de pérdida de dirección de la vida. Es por este motivo que la persona busca significados nuevos para poder darle sentido a la pérdida y poder recuperar cierto control de su vida.
4- Recolocar emocionalmente al ser querido y continuar viviendo:

Aquí es importante encontrar un lugar para el fallecido que permita a la persona que está en duelo estar vinculado con él pero de un modo que no le impida continuar viviendo.

El duelo acaba cuando la persona ya no necesita reactivar el recuerdo de fallecido con exagerada intensidad en su vida diaria; poder seguir teniendo lo perdido pero transformado. La cuarta tarea se entorpece cuando se mantiene el apego con el pasado.

Por ello nos gusta usar la frase "Nada se pierde, todo se transforma". Este es el desafió de encontrar una nueva manera de vincularse con la persona que murió, entendiendo que su cuerpo físico no está pero el vínculo y amor que los unía puede seguir con una forma diferente a la anterior.

La importancia de compartir el dolor con otros

La importancia de compartir el dolor con otros

Con mucha frecuencia se piensa y se habla del duelo como si fuera un proceso estrictamente individual, como si cada uno de nosotros fuera la única persona a la que nos afecta lo sucedido, sin tener ningún tipo de conexión con nadie ni con nada más allá de nosotros mismos.

La pérdida tiene sin duda un profundo significado personal; suele ser una experiencia que nos aísla y tendemos a fijarnos sólo en nuestro propio dolor, aunque es importante recordar que gran parte de esta elaboración tiene que ver con la reafirmación, el fortalecimiento y la ampliación de nuestras conexiones con los demás.

Cuando sufrimos una pérdida importante, se interrumpe el desarrollo esperado de la historia de nuestra vida. Como en una novela que pierde uno de sus personajes principales a mitad de la narración, debemos reescribir los siguientes capítulos para explicar la pérdida de manera coherente y permitir que el argumento siga adelante con los personajes que quedan, introduciendo quizá nuevos personajes a lo largo del camino.

La capacidad para compartir con otras personas los propios sentimientos e historias sobre la pérdida tiene propiedades curativas. Quienes pueden confiar a otros su experiencia presentan mejoras en su salud física y psicológica, van menos al médico, tienen menos signos de estrés y dicen sentirse menos deprimidos y superados por su dolor.

Por eso frente a la pregunta: ¿Deberíamos intentar reprimir nuestro propio sufrimiento para no «cargar» a los demás con el peso de nuestro dolor? La respuesta es: En absoluto.

Para lo cual es importante vernos a nosotros mismos como individuos que forman parte de un sistema de duelo, en lugar de como individuos aislados o familias diferenciadas que se ven afectadas por la pérdida.

Solemos resistirnos a hacerlo por miedo a «no saber qué decir». Incluso cuando nos acercamos a otras personas que están sufriendo, tendemos a hacerlo con la creencia equivocada de que debemos «animarlas» o darles «consejos» sobre lo que tienen que hacer para afrontar mejor la pérdida. Por supuesto, puede haber ocasiones en las que acudan a nosotros con un pedido sencillo, como la de pasar una tarde relajante charlando sobre cosas irrelevantes o la de que les ayudemos a solucionar un complejo problema financiero. Pero lo más habitual es que los individuos que han sufrido una pérdida necesiten algo menos tangible pero más importante: la oportunidad de compartir sus sentimientos e historias sin sentir la presión de tener que superar rápidamente su dolor o de tener que encontrar un «remedio rápido» a un problema que no se presta a las soluciones fáciles.

Es comprensible que en ocasiones intentemos simplificar el complejo proceso de consolar a otra persona recurriendo a respuestas típicas como «Sé cómo te sientes», «El tiempo cura todas las heridas» o «Los caminos del Señor son insondables». Este tipo de respuestas suelen hacer más mal que bien. En realidad, no podemos suponer que sabemos cómo se siente la otra persona tras algo tan personal como una pérdida importante, especialmente si no le hemos dado a esa persona la oportunidad de expresar sus sentimientos. Tampoco es cierto que el tiempo cure por sí solo; como ya hemos visto, el duelo es un proceso activo lleno de cambios y la cicatriz de la pérdida acompaña siempre al que está en duelo de una u otra forma.

El dolor no se puede transferir, pero se puede compartir. La forma en que se elabora el duelo depende de la singularidad de la persona, de su relación con el fallecido y de la redes de apoyo con que cuente, pues existe la necesidad de compartir el dolor y recibir muestras de afecto y solidaridad. El apoyo social, emocional y material que se recibe, facilita las tareas a realizar en el proceso de duelo que termina con la aceptación de la nueva realidad y reconstrucción del sentido de vida que amplía la capacidad de establecer nuevos vínculos.

Duelo en niños

Duelo en niños

Los niños viven el duelo de una forma diferente, que les es propia. Ante la muerte de un ser significativo, por ejemplo alguno de sus padres, el niño sentirá, además del dolor, la falta de un sostén en una etapa de natural dependencia afectiva y también corporal.

La cuidada atención del niño en duelo, y un acompañamiento que lo ayude a transitar primero y a superar después el duelo, resultan clave para que no se interrumpa su desarrollo y que la experiencia pueda ser finalmente asimilada. Es necesario no anularse y garantizar el sostén, evitando la desprotección y el abandono.

Para poder atravesar las etapas del duelo, el niño necesita saber la verdad, y tiene derecho a ella. Por esta razón, resulta esencial tenerlo al tanto de lo que sucede y es indispensable darles las informaciones que le sean útiles. Como el niño necesita imágenes y recuerdos, es importante que le diga adiós al ser querido enfermo, agonizante o muerto; y es por esto muy importante que asista a las ceremonias funerarias.

Los niños en duelo solo pueden abordar el trabajo psíquico que se les impone si aquellos que se encuentran en su entorno son capaces de tomar la iniciativa de ayudarlos. De todos modos, es importante señalar que una parte del trabajo quedará "pendiente" hasta la adultez, debido a que el duelo es un proceso que continúa con el tiempo, el niño volverá a revivir la pérdida repetidamente, especialmente durante los acontecimientos significativos de la vida (por ejemplo, ir de campamento, graduarse en la escuela, casarse, tener hijos, etc.).

Manifestaciones

En los niños las manifestaciones normales de duelo pueden presentarse inmediatamente después de la pérdida o pasado un tiempo. Es importante destacar que las reacciones de duelo en los niños son intermitentes (pueden estar muy tristes un minuto y jugando al siguiente) debido a que ellos no pueden explorar de una manera racional todos sus pensamientos y sentimientos como lo hace un adulto. Además, en algunas ocasiones, los niños tienen dificultad para expresar con palabras sus sentimientos acerca del duelo y lo hacen a través de su comportamiento. Las manifestaciones más frecuentes son las siguientes:

  • Conmoción y confusión ante la pérdida de un ser querido.
  • Ira manifestada en juegos violentos, pesadillas e irritabilidad.
  • Enojo hacia los otros miembros de la familia.
  • Gran temor o miedo a perder al padre o madre que aún sigue vivo.
  • Vuelta a etapas anteriores del desarrollo. Esto hace que actúe de manera más infantil, por ejemplo, exigiendo más comida, más atención, más cariño, hablando como un bebé, dejando de contener esfínteres, etc.
  • En algunas ocasiones pueden creer que son culpables de la muerte de su familiar por cosas que han dicho, hecho o deseado, (como por ejemplo: "no quiero volver a verte")
  • Tristeza que puede manifestarse con insomnio, pérdida de apetito, miedo prolongado a estar solo, falta de interés por las cosas que antes le motivaban, disminución acentuada en el rendimiento escolar y deseo de irse con la persona fallecida.

Es importante tener en cuenta que estas manifestaciones son las esperables en un niño ante la muerte de alguien querido, pero es importante observar a los niños y darse cuenta si estas actitudes se sostienen en el tiempo. De ser así puede ser recomendable consultar a un profesional.

Algunas recomendaciones para hablar con niños cuando muere alguien querido:
  • No mentir es esencial; conteste las preguntas con sinceridad y si no tiene respuestas no tema decirlo. Cuando el adulto miente, cree que evita un dolor como si negando una realidad ésta desapareciera. Lo único que conseguimos con la mentira es que el niño no sea asistido en su circunstancia o pierda el deseo de volver a preguntar.
  • Nunca diga algo de lo cual tenga que retractarse más tarde. El niño después le preguntara por qué le contó que una persona muerta se convertía en mariposa o se iba de viaje.
  • Use la palabra muerte y elimine eufemismos “se nos fue, emprendió el viaje final, descansó”. La muerte debe ser un fin natural y no una fuente de temores y angustias.
  • Refuerce la irreversibilidad de la muerte y no de pie a falsas expectativas de retorno del ser querido. (Los niños más pequeños suelen creer que la muerte no es irreversible, es decir que luego la persona reaparecerá)
  • No lo diga todo de una vez, explique la muerte con verdades parciales de acuerdo a la edad cronológica, intelectual y emocional del niño midiendo lo que él puede asimilar y necesita saber.
  • Hable de la muerte antes de que el niño se vea emocionalmente involucrado en una situación de duelo. Aproveche oportunidades: pasar frente a un cementerio, o ejemplos de la naturaleza: el canario o pájaro que se muere, la flor que se marchita.
  • No delegue la explicación en un familiar o en el vecino. Los padres, mejor que nadie, conocen a sus hijos y saben calibrar el impacto.
  • No ligue la muerte con el sueño ya que de allí pueden derivar trastornos del dormir, o con un viaje que encierra una situación de abandono. El niño además debe aprender a distinguir entre una dolencia leve y pasajera y aquella que si lleva a la muerte.
  • No ligue una contrariedad con la muerte (”Tu mal comportamiento me va a matar”). El niño tiende a ver la muerte de un ser querido como un castigo.
  • Si usted ha sido víctima de la misma pérdida, no esconda su dolor ni se encierre en el baño para llorar. Exprese su sentimiento y muéstrele que usted también es vulnerable y que es legítimo compartir la tristeza.
  • Dele la oportunidad al niño de hablar de la persona que se murió y recíbale la tristeza. El niño que pierde a un ser querido, se aflige, se entristece, tiene sentimientos de pérdida, de ira, se deprime, se siente traicionado. Y es necesario que alguien lo escuche y lo contenga.
Algunas sugerencias para ayudar al niño:

Ser completamente honestos. Acompañar a un niño en duelo significa ante todo NO apartarlo de la realidad que está viviendo, los niños son sensibles a la reacción y el llanto de los adultos, se dan cuenta de que algo pasa y les afecta.

¿Cuándo y cómo dar la noticia? Aunque resulte muy doloroso y difícil, es mejor informarles de lo sucedido lo antes posible, buscaremos un momento y un lugar adecuado, le explicaremos lo ocurrido con palabras sencillas y sinceras “ocurrió algo muy triste, el abuelo murió, ya no estará más con nosotros porque dejó de vivir”.

Explicar cómo ocurrió la muerte. Procuraremos hacerlo con pocas palabras y dependiendo la edad del niño. Por ejemplo, “Ya sabes que ha estado muy, muy enfermo durante mucho tiempo, la enfermedad que tenía le causó la muerte". Sea como fuere la muerte, de nada sirve ocultarlo porque tarde o temprano acabarán enterándose por alguien ajeno a la familia. Es mejor explicar cómo fue y responder a sus preguntas.

¿Qué podemos decirles si nos preguntan el por qué? Es bueno que sepan que todos los seres tienen que morir algún día y que le ocurre a todo el mundo. Los niños en su fantasía pueden creer que algo que pensaron o dijeron causó la muerte. Hay que decirle con calma pero con firmeza que no ha sido culpa suya.

Permitir que participe en los ritos funerarios. Darle la oportunidad al niño de asistir y participar, si así lo desea, en el velatorio, en el funeral, en el entierro. Tomar parte de estos actos puede ayudarle a comprender qué es la muerte y a iniciar mejor el proceso de duelo. Es aconsejable explicarle con antelación qué verá, qué escuchará y el por qué de estos ritos.

Permitirle ver el cadáver si quiere, pero siempre acompañado de un familiar o persona cercana y por poco tiempo (cuanto más pequeños, menos tiempo de exposición a la persona fallecida) y siempre explicándoles con lo que se van a encontrar. Muchos niños tienen ideas falsas respecto al cuerpo. Insistir en que la muerte no es una especie de sueño y que el cuerpo no volverá ya a despertarse. Antes que vea el cadáver, explicarle dónde estará, qué aspecto tendrá. Lo ideal es que pueda ver al cadáver, pero solo unos minutos. Si el niño no quiere verlo o participar en algún acto, no obligarlo ni hacer que se sienta culpable por no haber participado.

Fomentar a expresar lo que siente. Los niños viven emociones intensas tras la pérdida de una persona amada. Si la familia acepta estos sentimientos, los expresarán más fácilmente y esto les ayudará a vivir de manera más adecuada la separación. Frases como “No llores”?, “No estés triste, tenés que ser valiente”, pueden cortar la libre expresión de las emociones e impedir que se desahogue.

Mantenerse física y emocionalmente cerca del niño. Permitirse estar cerca, sentarse a su lado, sostenerlo en brazos, abrazarlo, escucharlo, llorar con él, e incluso dejarle que duerma cerca, aunque es mejor que sea en distinta cama. Lo que más ayuda a los niños frente a las pérdidas es recuperar el ritmo cotidiano de sus actividades: el colegio, sus amigos, sus juegos familiares, las personas que quiere. También es bueno garantizarle el máximo de estabilidad posible. No es buen momento para cambiar de colegio. En cambio, es positivo asegurarle que vamos a seguir queriendo a la persona fallecida y que nunca la olvidaremos.

Duelo en Adolescentes

Duelo en Adolescentes

El duelo en el adolescente, al igual que ocurre en los adultos, tendrá una intensidad mayor o menor dependiendo del grado de intimidad y vinculación con la persona fallecida, el tipo de relación que existía entre ambos y las circunstancias de la muerte.

También es verdad que los cambios y características propios de la edad hacen que éstos puedan reaccionar de manera diferente a los adultos. Si por ejemplo, son ya habitualmente tendientes a la rebeldía y la emotividad, pueden vivir la experiencia de la muerte de forma más impulsiva. Por otro lado, si la muerte es ya en sí misma un tabú entre los adultos, suele ser mucho mayor en la adolescencia, donde además existe “per se” una negación de la muerte y un sentimiento fuerte de omnipotencia.

El adolescente tiene que hacer frente a la pérdida de un ser querido al mismo tiempo que hace frente a todos los cambios, dificultades y conflictos propios de su edad. Aunque exteriormente parezca ya un adulto, el desarrollo del cuerpo no va siempre a la par con la madurez afectiva. Es por eso que puede necesitar mucho apoyo, comprensión y afecto para emprender el doloroso y difícil proceso de duelo.

Muchas veces el adolescente, aunque sufra intensas emociones, no las comparte con nadie. Posiblemente porque se siente de alguna manera, presionado a comportarse como si se las arreglara mejor de lo que realmente lo hace. Después del fallecimiento de su padre, su madre o de su hermano/a, se le puede pedir "ser fuerte" y "mantenerse en pie" delante del otro padre o de los hermanos más pequeños. Se espera que sostenga a otros, cuando no sabe si será capaz de transitar su propio dolor.

Aunque no lo demuestren, es natural que el adolescente sienta mucha rabia, miedo, impotencia. Muchas veces pueden reaccionar con una aparente indiferencia, que no es más que su manera de defenderse de los sentimientos. Esta indiferencia no significa que no les importa y debemos evitar culpabilizarlos por su actitud. Este tipo de conflictos puede tener como resultado que el adolescente termine por renunciar a vivir su propio duelo.

La manera de reaccionar de los adultos puede tener también una gran influencia en las reacciones del adolescente frente a la muerte. Es frecuente que los adultos no quieran hablar por miedo a "contagiarles" su dolor, pero la realidad a veces es muy simple: aunque queramos protegerlos, los adolescentes están viviendo su duelo y les duele.

Podríamos esperar que buscaran y encontraran entonces alivio y ayuda en sus amigos, pero cuando se trata de la muerte, salvo que se haya vivido una situación similar, los amigos se sienten impotentes. Los amigos, normalmente no saben cómo ayudar, no saben qué decir o qué hacer, tienen miedo a mencionar el tema y hacerles sufrir más. Esto puede ser interpretado por el adolescente como falta de interés y favorecer más su aislamiento.

Es muy importante mencionar que durante la adolescencia, la persona se encuentra realizando un proceso de separación para ser cada vez más independiente de sus padres, y dicho proceso suele acompañarse de conflictos y problemas en el vínculo con ellos. Atravesar por un periodo de desvalorización de su familia es una forma normal, (aunque difícil) de ir separándose de ellos. Si su padre o su madre fallecen mientras está alejándose física y emocionalmente de ellos, puede experimentar un gran sentimiento de culpa. Aunque la necesidad de separarse es perfectamente natural, esta experiencia puede hacer que el proceso de duelo sea más complicado y se interrumpa su camino natural de emancipación.

Cómo hablar con ellos

Lo mejor es interesarse y preguntar abiertamente y con naturalidad: “¿Estás muy triste? o ¿Lo extrañás?” Es importante permitir y aceptar sus emociones, decirles que no hay nada malo en estar tristes y hablar de ello. Pero de nada servirán estos buenos consejos si nosotros mismos no somos capaces, a su vez, de manifestar delante de ellos nuestro propio dolor y tristeza: “a mí también me da mucho dolor y la estoy pasando mal”. Así les demostramos que los queremos, que nos preocupan y eso facilita que hablen, que expresen su dolor, que se desahoguen y en definitiva que se sientan acompañados.

Como hemos visto, son varios los motivos que determinan que el duelo en el adolescente sea más difícil. Algunos adolescentes pueden mostrar un comportamiento inadecuado o preocupante que puede alarmar a su familia. La presencia prolongada de alguno o varios de los siguientes signos pueden indicar la necesidad de pedir ayuda profesional para que valore su situación, facilite la aceptación de la muerte y asesore al adolescente y su familia en el proceso de duelo:

  • Negación del dolor y alardes de fuerza y madurez.
  • Síntomas de depresión, dificultades para dormir, impaciencia, baja autoestima.
  • Dificultades escolares o indiferencia hacia las actividades extraescolares.
  • Deterioro de las relaciones familiares o con los amigos.
  • Mencionar el suicidio como posibilidad de reencuentro con la persona fallecida.
  • Conductas de riesgo: abuso del alcohol y otras drogas, peleas, relaciones sexuales sin medidas preventivas, etc.

Rituales ¿Para qué sirven?

Rituales ¿Para qué sirven?

Los rituales funerarios son muy importantes para la elaboración del duelo porque estructuran nuestro caos emocional, nos enfrentan con la realidad y permiten compartir con los otros la pérdida y el dolor. Son definidos como instrumentos culturales que preservan el orden social y permiten comprender algunos de los aspectos más complejos de la existencia humana.

Ancestralmente todas las culturas humanas conocidas han creado ceremonias para reconocer el fallecimiento de sus miembros, ceremonias que sirven para reafirmar los vínculos formales e informales existentes entre los que está en duelo, al mismo tiempo que se reconoce y honra la contribución de la persona fallecida.

Las ceremonias funerarias nos ayudan a aceptar la realidad de la muerte y a testimoniar la vida del difunto, fomentan la expresión del dolor de manera coherente con los valores culturales, dan apoyo moral a los afectados, permiten afirmar las propias creencias sobre la vida y la muerte, y aportan continuidad y esperanza a la vida.

Rituales compartidos

Reconociendo oficialmente la desaparición de un miembro de la comunidad, los funerales fomentan el reconocimiento público de la realidad de la pérdida, dando tiempo y espacio a los que están en duelo para que puedan manifestar su dolor interior. Los discursos o las conversaciones informales que los preceden y los siguen también animan a la consolidación y a la puesta en común de recuerdos e historias sobre el fallecido, al mismo tiempo que fortalecen los vínculos entre los que están en duelo.

Las ceremonias funerarias a su vez también nos enfrentan a la realidad inevitable de la muerte y las limitaciones humanas, lo que puede servir como catarsis para iniciar la búsqueda de sentido en nuestras vidas cotidianas, dejando de postergar las cuestiones importantes a un futuro que no está garantizado. Si somos capaces de aceptar a nivel emocional e intelectual la idea de que nosotros también vamos a morir, podemos «hacer que cada día cuente», en lugar de escapar de la conciencia de nuestra fugacidad persiguiendo objetivos y éxitos materiales.

Rituales personales

Por último cabe mencionar que existen también otras formas menos convencionales de conmemorar las pérdidas cercanas no menos importantes, como por ejemplo, haciendo un emblema familiar, «hablando» con la persona desaparecida en un diario personal o haciendo un estudio para elaborar el árbol genealógico de la familia. Este tipo de conmemoraciones no están vinculadas al momento de la muerte, lo que permite celebrarlas años después para ayudar a curar las heridas abiertas, decir adiós, renovar la relación simbólica con el fallecido o fomentar la comunicación familiar sobre una pérdida que no fue posible conmemorar en el momento que ocurrió.

Consejos útiles para transitar el duelo

Consejos útiles para transitar el duelo

  • Tomate tiempo, date permiso para estar en duelo:
    Tomate un tiempo para aceptar la pérdida de tu ser querido, tiempo para sentirte triste, para volver a sentir, para dar sentido a la pérdida. No hay razón alguna para ocultar el dolor y la tristeza que sentís.
  • Expresá y compartí tus sentimientos:
    Date permiso para hablar con tus seres queridos, expresar tus emociones, tus miedos y preocupaciones. Compartí tus sentimientos y tu tristeza. Hablá con tus amigos y familiares acerca de la persona que ya no está con vos y recordá con ellos los momentos buenos y malos que compartiste con la persona querida. No hay razón para ocultar el dolor; es más, éste disminuye y facilita el apoyo cuando se comparte. Escribir un diario o una carta de despedida te puede ayudar. Expresar por escrito tus sentimientos, emociones y recuerdos facilitará ir asumiendo, poco a poco, la realidad.
  • No tomes decisiones precipitadas:
    El duelo lleva su tiempo, por lo que es aconsejable que no intentes resolver muchos problemas a la vez. Es conveniente tomar decisiones importantes cuando hayas superado la confusión y recuperes la sensación de tranquilidad y paz. En este sentido, no es necesario que te deshagas de objetos o recuerdos de tu ser querido de una forma precipitada. Tomate el tiempo que necesites. Te puede ayudar ir creando un “lugar de recuerdos” (una caja, un álbum, un cajón del armario…) en el que puedas tener todas las cosas que te recuerdan a tu ser querido y te permitan recordar determinadas cosas cuando vos lo desees.
  • Pedí ayuda a los demás:
    Si necesitas sentirte acompañado, pedí ayuda. A veces esperamos que los demás nos ayuden sin pedirlo pero, en ocasiones, los que nos rodean, por respeto o por no saber qué pueden hacer ni cómo ayudar, no se atreven a acercarse y se mantienen al margen esperando que vos les digas cómo pueden ayudarte. Pedir ayuda no significa que seas más débil y además facilita la comunicación con los que te quieren, que en la mayoría de los casos están deseando ayudar y no saben cómo hacerlo. Deciles lo que necesitas y cómo te gustaría que te ayuden.
  • Descansá y cuidate:
    En los primeros meses, algunas personas presentan dificultad para dormir. Otras, sin embargo, necesitan dormir más horas de lo habitual. La falta o exceso de sueño agota y produce dolores de cabeza, tensión muscular, fatiga, irritabilidad y un estado de ánimo más decaído. Tratá de dejar tiempo para vos, para descansar, relajarte, pasear, cuidar tu alimentación y poco a poco irás recuperando un tono vital más elevado. Es conveniente no abusar del alcohol, el tabaco o los somníferos. No te automediques y consultá con tu médico en caso de que consideres que necesites tomar algún fármaco.
  • Volvé a mirar la vida:
    Tras sufrir la pérdida, podes sentir apatía, pereza y no tener ganas de hacer nada. A medida que vaya pasando el tiempo recuperarás el nivel de actividad habitual. Intenta ir retomando actividades que antes te gustaban, busca pequeños espacios para vos y para compartir con los demás. Poco a poco tu vida se irá “normalizando”.
  • Cómo afrontar las fechas importantes y los fines de semana:
    Las navidades, los cumpleaños, aniversarios, fines de semana y vacaciones serán momentos especialmente dolorosos. Los recuerdos del ser querido pueden incrementarse y la sensación de soledad acentuarse. Es importante saber que el duelo cambia. Hay días buenos y días no tan buenos. Algunos días difíciles pueden anticiparse, como los aniversarios o cumpleaños. Para afrontar mejor estos días o periodos podés tratar de programar actividades diferentes, mantenerte ocupado, buscar apoyo en los demás o invitar a personas cercanas para que vayan a verte. No obstante, también puedes reservar estas fechas para recordar a la persona querida, pensar y escribir acerca de lo que estás sintiendo. Aunque sea doloroso, te ayudará a avanzar en tu proceso.

Duelo como posibilidad de crecimiento

Duelo como posibilidad de crecimiento

Para el doliente que acaba de sufrir una pérdida, o que lleva poco tiempo en duelo, resulta difícil pensar en el duelo como un proceso en el que pueda existir un crecimiento, incluso esta idea puede resultarle dolorosa. La intención no es mirar en positivo una circunstancia como la muerte - que carece de lado positivo-, ni relativizar o minimizar el dolor. Tampoco queremos decir que todo aquel que sufre un duelo deba experimentar un proceso de crecimiento personal.

Nuestro objetivo es centrar la mirada en el momento en que el dolor disminuye y la aceptación se va posando, de manera que el doliente puede tener una visión más amplia del duelo, de sí mismo y de la vida; observar su propio proceso con cierta distancia. En ese momento muchas personas deciden iniciar un proceso de crecimiento personal. Reordenar la forma que entendemos la vida y el mundo

El duelo es una crisis vital importantísima y se caracteriza generalmente por el cuestionamiento de las bases que sustentan la vida interior de la persona. El duelo no sólo consiste en atender la ausencia de quien ha fallecido, también es todo lo que se juega alrededor de la pérdida.

Se trata de revisar esquemas vitales (es decir, la forma en que entendemos la vida y el mundo) a raíz de la muerte de un ser querido, con la intención de reordenar valores, observar la vida, las relaciones y a nosotros mismos. A partir de ahí comienza un tiempo interno encaminado a responder una pregunta que marcará el camino del trabajo personal: ¿Cómo quiero vivir mi vida a partir de ahora?

El crecimiento personal durante el duelo

Para comenzar este proceso es necesario que el dolor haya disminuido y que el doliente pueda repasar lo ocurrido con una mayor serenidad, a menudo conseguida tras haber aceptado y colocado lo sucedido en su línea vital. Desde esa posición se puede observar el duelo desde fuera. Independientemente del trabajo personal que decida o no emprender, hay un conjunto de cambios a nivel profundo que suelen darse en las personas que han elaborado un duelo. En esa instancia, las personas explican que se sienten mucho más cercanas al dolor de los demás.

En este sentido, el agradecimiento y la ayuda al otro que sufre les permiten dar un sentido a su dolor y, por tanto, redunda en una sanación más integral y profunda que lleva al fortalecimiento de la persona tras la experiencia de sufrimiento intenso.

Cuando el dolor nos aqueja no vemos a nuestro alrededor ni vemos a quien está cerca de nosotros, perdemos contacto con nosotros mismos, dejamos de ser responsables de nuestra persona y nuestras actitudes, el amor que nos brindan otros pasa desapercibido; hasta que nuevamente la Fe y la Esperanza hacen renacer a esa personas que antes fuimos, pero para ello, debe recorrerse lo que denominamos “Proceso de Duelo”. No existe un tiempo definido para transitarlo, debe haber una actitud dispuesta, comprometida y responsable para dejar ir el sufrimiento por la muerte de nuestro ser querido y dar la bienvenida a una nueva visión de vida, soltando las viejas creencias y adoptando nuevas formas de pensamiento. Es importante resaltar que ante la pérdida de un ser amado inevitablemente se tendrá que transitar por las etapas del duelo, sin embargo, a medida que nos volvemos escuchadores activos y proactivos de nuestros sentimientos, estamos ya en la posibilidad de recorrer un proceso de duelo más sano.

Por último se comienza a resaltar la posibilidad de crear puentes entre el dolor y el crecimiento; esto puede parecer lejano en un principio cuando el dolor nos toma por completo, pero a medida que sanamos nuestra herida, de a poco muy de poco, puede volver a salir el sol.